domingo, 14 de septiembre de 2008

NOS CONTARON UN CUENTO...(II)

SAUQUILLO DE CABEZAS SOÑADORAS
Igor Domingo Sacristán (31 años)

Érase que se era un pueblo donde la era no era era sino que era un rincón mágico, reposo de fieras, cobijo de errantes ascetas, silencioso testigo de travesuras y fogosidad pasajera. Era primavera, o quizás no lo era, ladraban los grillos, las cigüeñas roncaban, bendita quimera, soñaban con ser princesas las liebres al abrigo de su madriguera. No era una noche cualquiera, ni siquiera era de noche, por vez primera el cielo se estrelló contra un coche en la carretera. Desde entonces, el firmamento es un broche, cementerio de estrellas, sólo recuperan nuestros ojos la luz de las muertas. Menudo derroche. La noche primaveral en que el cielo se estrelló no era de noche, ni primavera, qué más da lo que fuera, la realidad es el sueño que tú creas, febril fantoche, ten libertad para creer lo que quieras. Sauquillo en realidad no es un pueblo, tampoco una aldea, tan sólo un hilillo, raíz insondable de la telaraña energética del planeta, eslabón perdido donde la gran familia humana en el cariño se completa. Línea de fuga, idilio, lugar de encuentro, punto de referencia para el alma roída por la vorágine de nuestros designios. Érase una vez Sauquillo. ¿O tal vez no lo era? Créalo, si quieres que sea. Créete después tu creación, creativo creador de tus creencias. Eres dios, ¿ya no te acuerdas?

A la era llegó un mago, a la hora en que los magos llegan, esa hora mágica en que las campanas dejan de palpitar, cuando el silencio taladra oídos sordos y la oscuridad ofusca a la ceguera. Sin varita ni chistera, su hechicería consistía en atreverse a soñar. Soñaba dormido, y también despierto. Soñaba castillos en parajes desiertos, dibujando sonrisas en rostros de niños hambrientos que mendigan limosnas de fantasía en el país de los serios. Y soñó, y soñó, y ensoñó, y entre sueños engendró una población de saúcos, y un pinar, y un terrero donde las ranas jugaban a saltar hasta el cielo. Y del cielo cayó una iglesia, llovió un charcón y crecieron cebaderos, y a su lado los duendes instalaron sus fueros, y una plaza en el centro, y jardines, y huertos, donde si riegas florecen chiquillos, que se hacen adultos y llegan a viejos, para poderse ver reflejados en las fechorías cándidas de sus nietos. El ciclo de la vida, siempre completo, lo escriben las lagartijas sobre el cemento, huidizas criaturas amigas de los duendes y sus mil recovecos. Bailan las ovejas si no vigila el pastor, balan las orquestas ritmos estivales en la vigilia del patrón, y San Pedro abandona las puertas del cielo para pasear en procesión con su séquito de sonrisas y charanga, con sus damas de honor. Y en la entrada, majestuoso, el mago soñó un frontón, dos grandes murallas verdes contienen el exterior. Cruzando la carretera, varios pisos por debajo del cielo estrellado, una manada de lobos da de beber a la jauría de locos que nos arremolinamos en torno a su calor. Y esgrime la luna su sonrisa vertical. Y los rincones oscuros presencian secretos que solamente el mago sabe descifrar, pues vibra al ritmo de los árboles, longevos maestros que nos empujan a reconciliarnos con los latidos de mamá sideral. Es un cuento sin final, proceso orgánico de protagonistas y espectadores. Tras un telón de colores, eliges tu papel en el teatro de la vida. Seguir escribiendo el cuento, leer lo que escriben los demás, verdad y mentira, todo y nada al mismo tiempo, arrastrados por el flujo que conduce al despertar.

Tras la metamorfosis, al mago lo llamaron Sauquillo. No es un pueblo chiquitillo, sino un árbol, de la familia de los genealógicos, del que cuelgan racimos de cabezas soñadoras. Érase una vez una tribu de pequeños frutos de saúco que esparcían semillas de magia por el mundo. O puede que no. ¿Te atreves a soñar?

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